Mostrando entradas con la etiqueta siglo XX. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta siglo XX. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Federico García Lorca, época y poesía

«No hay quien pueda definirle» atestiguó en su día Vicente Aleixandre –un poeta de la generación del 27, la misma que nuestro protagonista–. Si algo es cierto, en mi opinión, es la extremada complejidad que presenta hablar de un personaje tan completo que, pese haber tenido una vida corta, vivió todo tipo de vaivenes. Sin embargo, no tengo temor –o el descaro– de intentarlo aunque, irremediablemente, me quede corto.

Federico García Lorca fue un “escritor” en el sentido estricto de la palabra, pues su amor por el arte lo llevó a abarcar todos los campos literarios y marcar la diferencia en estos. Esta voz castellana, que a día de hoy es de las más reconocidas junto las de autores clásicos como Miguel de Cervantes o Lope de Vega, nació un caluroso 5 de junio de 1898 en Fuente Vaqueros, una pequeña localidad en la provincia de Granada.

Hijo de un rico propietario agrícola, la infancia del poeta fue –y se presenta ante él– como la etapa más feliz de su vida; sin las preocupaciones y los miedos de la vida adulta. Hasta tal punto, que el paso de esta –que se fue para no volver– dejó cicatriz en su joven y nostálgico corazón. Su fascinación por esta etapa, la facilidad con la que los niños se sorprenden y la curiosidad con la que observan todo incitaron al poeta a escribir expresamente un poema titulado: Infancia y muerte.

                                             « Para buscar mi infancia, ¡Dios mío!,
comí limones estrujados, establos, periódicos marchitos.
Pero mi infancia era una rata que huía por un jardín oscurísimo,
una rata satisfecha mojada por el agua simple,
y que llevaba un anda de oro entre los dientes diminutos. »

El estatus y renta económica familiar le abrieron puertas a una excelente educación para la época –en contraste con Miguel Hernández, otro mítico poeta antifascista–. Desde las clases particulares de piano hasta el ingreso en la universidad, todo el proceso educativo lo predisponía para ser un hombre de cultura con grandes conocimientos de música y escritura.

Estudiando en la universidad de Granada, donde era más conocido por su tacto musical, empezó a gestarse dentro de él una pasión efervescente por la literatura. Sentimiento motivado por uno de sus profesores, los viajes con este a ciudades de España y, como acontecimiento destacado, conocer a Antonio Machado –escritor de la generación del 98, por aquel entonces uno de los poetas con mayor reputación del siglo XX.


En 1919, un año después que publicara su primer libro Impresiones y Paisajes, el joven literato se mudó a la Residencia de Estudiantes (un centro educativo madrileño de la época) la que, sin duda alguna, estaba pasando por una de sus mejores etapas como núcleo de modernización cultural y científica del país.

Pese a la acusada influencia romántica y modernista, Lorca consiguió sacar su primer poemario en 1921. Libro de poemas –que así es como se llama–, nos deja ver entre sus versos como empieza ya a gestarse la conocida “poesía lorquiana” alrededor de temas tan humanos como el amor, la infancia y la muerte. Pero, sobretodo, empieza a destacar el uso de la simbología y la metáfora como unos de sus recursos más predilectos: «Un silencio hecho pedazos/por risas de plata nuevas» «Dejando sobre el camino/El agua de mi tristeza».

Con apenas veintitrés años de edad, Lorca ya mostraba ser un escritor bastante complejo, aquejado por problemas existenciales del ser humano. La frustración –no hay mejor palabra para definirla– es por excelencia la sensación que desahoga en cada uno de sus escritos; se presenta la muerte como un fenómeno necesariamente violento y el amor lo expresa como algo complicado que termina causando dolor –si se tiene en cuenta, ya no sólo lo que implicaba ser homosexual en la primera mitad de siglo XX, sino su vida romántica; su experiencia vital refleja la huella dejada por amores y desamores como Salvador Dalí–.

Tampoco fue un artista separado de su mundo, no era un poeta al que le gustase estar distanciado de la cultura donde fue acunado. Un rasgo característico de la poesía lorquiana es la asimilación del folclore popular andaluz –cabe destacar la influencia de Manuel de Falla– y la mezcla de este con las técnicas literarias que había ido aprendiendo a base de ser constante y activo en el movimiento cultural de la universidad. Este proceso de maduración, en el que el poeta vuelve a las raíces y habla de su tierra, se pone en manifiesto en el Poema del cante jondo (1931) y El romancero gitano (1928)

«En la noche del huerto
seis gitanas
vestidas de blanco
bailan. […]
    Y en la noche del huerto
sus sombras se alargan,
y llegan hasta el cielo
moradas. »

Otro fenómeno de relevancia en su dinámica vida fue el viaje que realizó a Nueva York en 1929, ciudad en la que vivió por nueve meses y sobre la que escribió un poemario (Un poeta en Nueva York) de crítica social contra la vida urbana. Aun el romanticismo por lo tradicional, su estancia en América –ya no sólo Estados Unidos, sino Cuba o Buenos Aires– quizá fue una de las mejores experiencias de su vida. Salir por primera vez de España, encontrarte con una sociedad culturalmente distinta y con mayor diversidad religiosa; sin duda alguna significó mucho en su manera de ver el mundo y hacer poesía. Y también, a partir de aquí, fue consciente del enorme impacto que podía tener su obra más allá de las fronteras españolas.

A estas alturas es probable que os deis cuenta que hablar de Federico García Lorca, sin mencionar su papel en el teatro, es como querer presentar un automóvil sin ruedas. Yo también soy consciente de ello, y por esto mismo no puedo evitar mencionar la vital importancia que tuvo la creación de La Barraca a partir de 1931. A través de esta compañía de teatro, Lorca pretendía «salvar el teatro español»haciendo llegar este a todos los rincones del país y a todo tipo de públicos.

Como corresponde a la evolución histórica del país, vemos al Lorca de los años treinta como un artista más comprometido con la sociedad española y con la necesidad de  que esta apoyase más las actividades culturales y renovase el teatro español para una mejor educación del pueblo y dejar en evidencia “las morales viejas o incorrectas”.

Pese a todo, nada pudo evitar el levantamiento de armas del ejército nacional apoyado por la burguesía más rancia en 1936. Federico García Lorca, un escritor poco querido entre los falangistas por tener un pensamiento progresista y unas ideas extrovertidas para la época –por no mencionar su condición sexual –, no tuvo más remedio que buscar refugio para evitar caer prisionero. Sin embargo, esto no fue posible, pues poco después de la insurrección lo atraparon en la casa del poeta Luis Rosales. Llevado a Víznar tras la detención, y siendo inútiles todos los intentos de salvarle la vida, el artista fue fusilado un 18 de agosto de 1936.


No cabe duda que el trágico final del artista ha sido uno de las principales causas de su mitificación. Pero no hay que quitarle el mérito, de haberse dedicado a la escritura y haber trascendido en todos los aspectos que ha tocado de ella como ningún literato de la época. Con un estilo que ha estado en constante evolución, que ha exprimido todas las influencias que en él han influido y una temática dramática que, en lo más hondo del lenguaje, pretendía trasmitir la frustración humana que le provocaba una lucha interna con el avance del tiempo y la asimilación de que la vida es complicada –o más bien imposible– de controlar a nuestro placer.

martes, 24 de octubre de 2017

"Historia de un idiota contada por él mismo", de Félix de Azúa




No importa la pasión que nos mueva –amor, odio, servicio a la patria, eficacia–: el cuerpo es tan sólo una excusa para la exploración científica.

Este libro es la narración del viaje introspectivo del único y gran protagonista: el idiota. Es este el narrador, que no se limita a describir sino que analiza el contexto en el que desarrolla su vida y saca sus propias conclusiones. Es un idiota, pero no en el sentido que le damos nosotros (es decir, alguien poco inteligente); es más bien un infeliz, un cínico. Lo primero es fácil de suponer pues toda la historia tiene como primer motor la búsqueda de la felicidad –aunque no la conquiste– a través de sus experiencias vitales tales como el arte, la mili o el sexo. Lo segundo, el ser cínico, se debe al tono sarcástico y desenfadado con el que analiza y actúa sobre el mundo, hasta tal punto que parece (o puede serlo) una sátira del mismo.

El idiota es héroe trágico, algo extravagante e insensato, que representa la incertidumbre reinante  en la segunda mitad de siglo XX, época en la que sucede la transición española y el discurso político de peso es el post-materialismo. Una etapa de grandes cambios, movimientos y dudas que el propio Félix de Azúa querrá trasmitir a través de su Idiota. 

Paralelamente a Max Estrella o Don Quijote, la búsqueda de la felicidad del Idiota es una quimera. Arrastra al protagonista a estados de sorpresa (real o fingida, eso nos da lo mismo), de embriaguez o de genuina locura. Además, algo característico del lenguaje descriptivo utilizado es la aparente cientificidad con la que reviste esta búsqueda, hablando de los propios romances como experimentos y de la lectura –acompañada siempre con alcohol, faltaba más– como estudio académico.

El libro se divide en capítulos que no necesariamente tienen porqué tener conexión. Hay un orden temporal que nunca llega a especificarse. No sabemos a qué altura de su vida estamos, si pasa más o menos tiempo entre capítulo y capítulo. Sin embargo, da  a suponer que se trata de un diario… o una especie de bitácora en la que redacta sus investigaciones acerca de la felicidad.

Es una lectura recomendable, con un amplio bagaje filosófico y un gran repertorio de citas y guiños a muchos otros escritores de la cultura hispanohablante. He visto una reseña que esto suponía un problema a la hora de leer, por su dificultad. Yo creo que no, que basta con detenerse el tiempo suficiente para respirar y reflexionar. Luego, si te da el coraje, ya puedes sumergirte de nuevo en la obra.