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miércoles, 18 de octubre de 2017

Semipresidencialismo: Asia central

No sería justo analizar un modelo de sistema político basándome solamente en un país en el que funcione con cierto grado de eficacia. Es por ello que voy a realizar una pequeña mención a repúblicas como las de Kizguiztán, Kazajstán y Uzbekistán; cuyo semipresidencialismo viene marcado por una cultura muy diferente a la de Francia y una tradición política enmarcada en el bloque socialista durante casi todo el siglo XX.

En Kizguistán el ejecutivo es, como en Francia, dual en el que hay un Jefe de Estado y un Jefe de Gobierno. El legislativo es bicameral  (Asamblea de representantes y Asamblea Legislativa) y el judicial reside en diferentes organismos como la Suprema Corte, la Corte Constitucional o la Alta corte de Arbitraje.

Pero a efectos prácticos no siempre ocurre lo que está redactado y le da formalmente garantía democrática. Como por ejemplo la incapacidad del presidente de servir por más de dos términos consecutivos, hecho que sí ha pasado:

En 1994 el Presidente tuvo potestad de convocar referéndum sin solicitar apoyo de la legislatura y mediante los cuales puede enmendar la constitución, reforzando así su poder. Esto pasó dos veces más, en 1996 y 2003. Lamentablemente, aunque en la práctica funcionaba más como un sistema presidencial, no pudo estabilizarse como estado. Prueba de ello sería el golpe de estado de 2005.

Uzbekistán también tiene un diseño constitucional parecido a la V República Francesa. El parlamento es popularmente conocido como Oliy Majlis. Su función es adoptar y enmendar leyes constitucionales aunque es el presidente quien está facultado para iniciar la legislación. El presidente, aparte de ejercer su función, participa como cabeza del gabinete de ministros. Forma la administración y la lidera, puede promulgar ministerios, etc…

En Kazajstán, las condiciones sobre las que se pretende desarrollar un proyecto semipresidencial eran diferentes a Francia en tanto que carecía de un multipartidismo y de estabilidad social debido a una multiplicidad de etnias diferentes con enemistades entre ellas.

Su constitución es de 1993, aunque una rectificación dos años después reforzó el poder del presidente. Dentro de esta el Presidente puede hacer enmiendas constitucionales, investir o omitir el gobierno, disolver el parlamento y convocar referéndums sin necesidad de consultarlo con nadie. Toma el timón de la dirección política, dirige la política exterior y la coordinación de ramas del gobierno.

El gobierno es responsable ante el presidente pero también rinde cuentas al legislativo: senado y Majilis. Este último compuesto por 77 representantes de los que 10 son elegidos proporcionalmente mediante listas de los partidos y el resto por la gente. El parlamento tiene derecho a pasar un voto de no confianza en el gobierno o no adoptar una ley propuesta por este.

En determinados casos, el Primer Ministro tiene el derecho a iniciar una question of no confidence o, en caso de ser irresoluble el conflicto entre ellos; el Presidente ejercería sus funciones y disolvería el parlamento.

Aunque sí se puede decir que tiene herramientas para la resolución de conflictos entre mayorías, en la realidad es el Presidente quien toma las riendas de la actividad política dejando en el qué hacer político a las otras ramas marginadas.

A pesar de lo establecido de forma constitucional en los tres países, el poder en Asia Central no está distribuido como en Francia ni responde a la voluntad popular para gobernar. El poder está concentrado en la figura del presidente, el cual toma realmente un papel predominante en la vida política del país.

La historia política, económica y cultural sería el factor clave para comprender el funcionamiento tan diferentes del sistema semipresidencial –que en el caso asiático, algunos lo tachán de presidencial– aparte de las desiguales condiciones en las que empieza el sistema en los diferentes países analizados.


sábado, 23 de septiembre de 2017

¿Quién fue Anton Chéjov?

Anton Paulovich Chéjov nació en la localidad de Taganrog, a orillas del mar de Azov, en 1860. Un contexto –como se podrá suponer – complejo y especialmente marcado por la derrota rusa en la guerra de Crimea, la cual puso en evidencia la total incapacidad del estado zarista de competir contra los países capitalistas avanzados. Por no mencionar el enorme impacto que causó el conflicto en la economía exterior del país y en los bajos estratos sociales del mismo, donde se vivió una serie de hambrunas y penurias que el absolutismo no pudo paliar.

Un marco caracterizado por la miseria que, sumado a la ascendiente presión de los Naródniki –“Los populistas”, grupo compuesto por idealistas que creían en el papel revolucionario del campesinado y la necesidad de que estos debían ser guiados por líderes individuales–, hizo que en 1961 el zar Alejandro II elaborara una reforma agraria con la pretensión acabar con la servidumbre de forma oficial.«Es preferible abolir la servidumbre desde arriba y no esperar a que empiece a ser abolida desde abajo», como él mismo dijo.

La evolución histórica posterior muestra que esta reforma ni apaciguó la conflictividad social ni supuso una mejora real para el campesinado. Más bien, sustituyó una esclavitud por otra: la económica. El Comité destinado a realizar la redistribución de tierras no dejó de mostrar su carácter de clase e impuso una serie de restricciones económicas que, en vez de permitir a campesinos adquirir tierras, los obligó a vender su fuerza de trabajo como jornaleros a cambio de unas condiciones laborales paupérrimas.

Es en este complejo entramado en el que se desarrollan los antecedentes familiares y la infancia del escritor; hijo de unos comerciantes miserables que en un principio, y al pensar que tendría dotes para el comercio, lo llevaron a una escuela griega. Viendo que estaba yendo a dicho colegio en vano, el padre (Pavel) lo apuntó a un liceo al que Antón fue durante diez años junto a sus hermanos. Allí es donde el joven escritor empezó a colaborar con la revista del liceo y a escribir sátiras como una forma de canalizar la frustración causada por su mala relación con los profesores.

Pero si por algo tengo que destacar la estancia de Antón en este liceo es porque es en este donde conoce a su primer amor: el teatro. Tal era su fascinación que, a sus trece años, ya había visto varias de las obras con mayor reputación de la época a costa de trabajar en el mercado vendiendo las aves que cazaba.

Al mismo tiempo que escribía y empezaba a ganarse cierto reconocimiento en el mundo literario de la época, asistió a la universidad para estudiar medicina. Una carrera que le entusiasmaba –viéndose el papel de médico constantemente representado en sus obras; “La gaviota”, “El tío Vania”, “Las tres hermanas”… – pero que abandonó una vez se consolidó como un autor de éxito entre las altas y medianas capas de la sociedad. La literatura, como él la describió, era su amante.

Su experiencia familiar, sus inquietudes artísticas y sociales le llevaron a desarrollar una técnica dramaturga que chocaba radicalmente con la rama tradicional del teatro. Proscribió todo lo espectacular de sus obras y, a pesar de ello, dotó a la acción dramática de una nueva estructura basada en una simple sucesión de situaciones cotidianas con las que consiguió –y consiguen, si nos referimos a las obras– trasmitir unas intensas y profundas impresiones. Y todo a través de un entramado que Stanislavski apodó de «corriente submarina», que no se dejaba ver con facilidad y ofrecía temas novedosos y candentes para la época –causando opiniones polarizadas entre la aristocracia y la efervescente burguesía liberal –.

Por submarina se entiende un argumento principal escondido bajo el simbolismo y la sencillez de los diálogos, los cuales nos dan la falsa impresión de que solamente lo que se vislumbra por la superficie es lo que hay. Podemos ver este efecto claramente en La gaviota, obra en la que se puede creer que la trama central gira en torno al amor entre Treplev y Nina porque, en cierta medida, es verdad. Pero hay algo más allá en lo que ambos representan, en la forma en que se enfrentan a sus problemas y en la simbólica gaviota.

Si se lee con atención, veremos que en verdad Antón nos habla del arte y del sacrificio que este exige; del heroísmo de Nina –que quiere ser actriz– para seguir su vocación y la debilidad del soñador frente a la inmensidad del sueño, que viene a ser representado por el otro personaje principal. Ambos son al mismo tiempo la gaviota –recurso que aparece dos veces en escena – aunque cada uno representa una faceta diferente de esta: Nina es el ave que despliega sus alas para emprender el vuelo y Treplev el pájaro abatido e inerte.

Ambos son víctimas de un talento todavía por madurar, con falta de objetivos y  por no saber que aplicación darle a sus aptitudes. En cada uno de ellos hay un poco del autor, de sus inicios y del camino que tuvo que recorrer. Sin embargo, siendo alguien al que le gusta implicar a su propia persona en sus creaciones literarias, también mete a Trigorin, un escritor consolidado que causaba un contraste con los dos anteriores y, por su actitud, Chéjov pretendía autodefinirse como una persona condenada por su talento a tener que estar constantemente escribiendo o buscando ideas; una persona que causaba un gran impacto en su alrededor pero que, sin embargo, no terminaba por conectar o establecer un fuerte lazo con nadie.


A modo de conclusión –si es que merece tener un final esta breve presentación–, no puedo hacer más que invitar a cualquier interesado a leer sus historias y a saber ver más allá de la superficialidad con las que presenta un conjunto de obras con las que revela a la indiferencia, la falta de ideología, el conformismo y el egoísmo como unos de los males que aquejaban a la sociedad rusa en la que tuvo que vivir hasta el día de su muerte: un día de agosto de 1904 a causa de tuberculosis.